




El enojo social también se instala en las familias
NuevaHoraMagazine
La orientadora familiar Miriam Hoffman analizó cómo las tensiones sociales, las preocupaciones laborales y las dificultades de comunicación afectan la convivencia. Advirtió sobre la necesidad de recuperar el diálogo y fortalecer los vínculos familiares.
La irritabilidad cotidiana, la falta de paciencia y las preocupaciones económicas y laborales no siempre quedan fuera del hogar. Muchas veces atraviesan las relaciones familiares y modifican la manera en que padres, hijos y parejas se comunican. Sobre esta problemática reflexionó Miriam Hoffman, técnica superior en Orientación Familiar, docente jubilada e integrante de la Fundación Familia Saludable, durante su participación en Fortaleciendo Vínculos, el programa conducido por Carmen Roldán en Austral City y FM Austral 106.7.
La especialista planteó que el enojo social se manifiesta en distintos espacios, desde el trabajo hasta las conversaciones cotidianas, y termina influyendo en la convivencia. Una persona puede regresar a su casa después de una jornada difícil y responder con irritación ante una pregunta sencilla de sus hijos. En esas situaciones, el conflicto familiar no necesariamente se origina dentro del hogar, sino que puede ser consecuencia de preocupaciones acumuladas que no encontraron otro espacio para expresarse.
Para Hoffman, reconocer esas tensiones representa el primer paso para evitar que se transformen en conflictos permanentes. La orientación familiar propone identificar las señales del malestar, detener las respuestas impulsivas y generar momentos de conversación. También destacó la importancia de que los adultos puedan reconocer sus errores frente a los hijos y reparar una mala contestación. Pedir disculpas, explicar una preocupación o admitir un momento de cansancio puede contribuir a construir relaciones basadas en la confianza y el respeto.
En el intercambio también surgió una contradicción frecuente: las familias aseguran que sus hijos constituyen su principal prioridad, pero las exigencias diarias suelen relegar los espacios compartidos. La presencia de los adultos en las actividades escolares, las conversaciones durante las comidas y el acompañamiento emocional fueron señalados como aspectos fundamentales para demostrar ese compromiso. La falta de tiempo puede explicar algunas ausencias, aunque también obliga a revisar cómo se organizan las prioridades.
“¿Hay que gritar para ser escuchado, callarse para evitar problemas o se puede hablar sin miedo en tu familia?”
— Miriam Hoffman
La reflexión final de la orientadora puso el foco en una dimensión que suele pasar inadvertida: no solamente importa cuánto hablan las familias, sino cómo lo hacen. Los silencios prolongados, las respuestas agresivas o la imposibilidad de expresar desacuerdos también comunican y pueden deteriorar los vínculos. En una sociedad marcada por la urgencia y las preocupaciones, recuperar espacios donde cada integrante pueda sentirse escuchado aparece como una necesidad. Porque una familia no se fortalece evitando todas las diferencias, sino aprendiendo a conversarlas sin miedo.


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