





Un integrante de la Fundación Familia Saludable compartió una experiencia para reducir el uso del celular dentro del hogar. Advirtió sobre la importancia del ejemplo de los padres, la coherencia en las normas y la recuperación del tiempo compartido.
El uso excesivo del teléfono celular se convirtió en uno de los principales motivos de discusión en muchas familias. Padres que reclaman a sus hijos desconectarse de las pantallas, pero que al mismo tiempo permanecen pendientes de sus propios dispositivos, reflejan una contradicción cada vez más visible. Esta problemática fue abordada por Eduardo, técnico superior en Orientación Familiar, retirado de la Armada e integrante de la Fundación Familia Saludable, durante su participación en Fortaleciendo Vínculos, conducido por Carmen Roldán en Austral City y FM Austral 106.7.
Durante la entrevista, Eduardo compartió una experiencia que comenzó a implementar en su propia casa para modificar los hábitos tecnológicos. En lugar de prohibir el uso de los dispositivos, su familia decidió colocar una canasta donde los cuatro integrantes depositan sus teléfonos. Cuando necesitan responder una llamada o un mensaje, pueden utilizarlos y luego volver a dejarlos en ese espacio. La iniciativa, según relató, generó resistencia al principio, pero permitió recuperar momentos de conversación y reducir las interrupciones permanentes.
La experiencia también incluyó un cambio en los hábitos nocturnos: evitar llevar los celulares a las habitaciones y utilizar un despertador independiente. Para el orientador, la clave no estuvo solamente en establecer una regla, sino en sostenerla y aplicarla a todos los integrantes de la familia. La reflexión pone sobre la mesa una dificultad frecuente en la crianza: los adultos suelen exigir determinados comportamientos a sus hijos sin advertir que sus propias conductas transmiten mensajes contradictorios.
“Cuando ponemos un límite o una regla dentro del hogar o en la familia, lo tenemos que sostener en el tiempo.”
— Eduardo, orientador familiar
El debate se extendió hacia las instituciones educativas y la necesidad de construir acuerdos sobre el uso de dispositivos durante las clases. Los participantes mencionaron experiencias de escuelas de Río Grande que comenzaron a restringir los celulares dentro del aula, con el propósito de reducir las distracciones y prevenir situaciones de conflicto entre estudiantes. La discusión también permitió distinguir entre el aprovechamiento pedagógico de la tecnología y aquellos usos que pueden interferir en la convivencia y el aprendizaje.
Más allá de los teléfonos, Eduardo destacó la importancia de la participación de los padres en la educación de sus hijos, el acompañamiento escolar y la necesidad de explicar las decisiones familiares. Establecer límites, sostuvo, no equivale a recurrir al castigo físico ni a imponer autoridad sin diálogo, sino a ofrecer orientación y sostener acuerdos comprensibles. Su experiencia con los celulares deja una pregunta que trasciende la tecnología: si los adultos no están dispuestos a revisar sus propios hábitos, ¿cómo pueden enseñar a sus hijos a construir otros diferentes?


























