
Impunidad, poder y psicología: por qué algunos dirigentes actúan como si nada pasara
NuevaHoraMagazine
En Argentina se repite una escena que desconcierta a gran parte de la sociedad. Dirigentes investigados por la justicia, citados a declarar o incluso condenados continúan desarrollando su actividad pública como si las acusaciones no existieran.
Siguen participando de actos políticos, concediendo entrevistas y ejerciendo poder dentro de sus estructuras. Para muchos ciudadanos surge entonces una pregunta inevitable: ¿cómo es posible que no exista una reacción de vergüenza, temor o autocrítica?
La respuesta tiene explicaciones que van más allá de la política y se vinculan con la psicología del poder.
La burbuja del poder
Cuando una persona permanece durante muchos años dentro de estructuras de poder —político, sindical o institucional— suele producirse un fenómeno conocido como aislamiento del poder.
El dirigente comienza a rodearse únicamente de personas que lo respaldan o dependen de su estructura. Las críticas desaparecen del entorno cercano y la percepción de la realidad comienza a distorsionarse.
En ese contexto, las acusaciones externas pueden interpretarse como ataques o persecuciones, en lugar de señales de alerta.
El mecanismo de la racionalización
La mente humana posee mecanismos de defensa que protegen la propia imagen. Uno de ellos es la racionalización.
En lugar de reconocer errores o responsabilidades, la persona puede interpretar las acusaciones como parte de una estrategia política o mediática en su contra. Expresiones como “esto es persecución”, “todos hacen lo mismo” o “me atacan por ser poderoso” son ejemplos frecuentes de este proceso.
Cuando las prácticas se naturalizan
Otro factor relevante es la normalización de determinadas prácticas dentro de la política.
Cuando durante muchos años ciertos comportamientos se repiten sin consecuencias inmediatas, pueden comenzar a percibirse como parte del funcionamiento habitual del sistema.
Lo que en otras circunstancias generaría rechazo social o autocrítica, pasa a considerarse parte del “juego político”.
El problema de fondo: la pérdida de la vergüenza pública
En cualquier sociedad, la vergüenza pública funciona como uno de los principales mecanismos de control social.
Cuando ese límite desaparece y un dirigente puede atravesar investigaciones judiciales o cuestionamientos públicos sin modificar su comportamiento, el problema deja de ser exclusivamente judicial.
Se transforma en una crisis de confianza institucional.
Porque cuando el poder pierde la vergüenza, lo que empieza a deteriorarse es la credibilidad de las instituciones y de la política frente a la sociedad.
Y recuperar esa confianza es uno de los desafíos más complejos que enfrenta hoy la democracia.
En definitiva, cuando un dirigente puede atravesar denuncias, investigaciones o condenas sin modificar su comportamiento público, el problema ya no es solo judicial. Es social. Porque cuando la política deja de sentir vergüenza, lo que empieza a quebrarse es algo mucho más profundo: la confianza de la sociedad en quienes ejercen el poder.


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