
El doble discurso del poder: cuando el voto legitima, pero las respuestas desaparecen
NuevaHoraMagazine
En la Argentina actual, hay una escena que se repite cada vez con más frecuencia: el poder político se apoya en la legitimidad del voto para sostener su discurso, pero cuando surgen situaciones que requieren explicaciones, esa misma legitimidad parece diluirse.
“Nos votó el 54% de los argentinos”, es una frase que se escucha con fuerza cuando se trata de reafirmar autoridad. Y es cierto: el respaldo popular es la base de cualquier gobierno democrático. Sin embargo, el problema aparece cuando esa referencia al pueblo desaparece en los momentos donde la sociedad necesita respuestas.
Porque cuando surgen dudas, cuestionamientos o situaciones polémicas, la respuesta ya no es política, sino judicial: “esto se va a resolver en la Justicia”. Y ahí se abre una grieta profunda en la relación entre dirigentes y ciudadanía.
¿A quién le deben responder los funcionarios?
¿A la Justicia o a la gente que los eligió?
El periodismo, en este contexto, cumple un rol central. No pregunta por capricho ni por confrontación, sino en representación de una sociedad que busca entender, que necesita explicaciones y que reclama coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
La falta de respuestas no solo genera incertidumbre. Genera bronca.
Bronca porque se habla de moral, de cambio, de transparencia.
Bronca porque se construye un discurso basado en valores que luego, en la práctica, parecen diluirse frente a las preguntas incómodas.
El problema, entonces, no es solo el hecho en sí, sino la forma en que se responde ante él. Porque es ahí donde se mide la calidad institucional de un gobierno: en su capacidad de dar la cara, de explicar, de asumir responsabilidades.
Apelar a la Justicia puede ser necesario desde el punto de vista legal. Pero no reemplaza la obligación política y ética de rendir cuentas ante la sociedad.
Porque la democracia no termina en el voto.
Se construye todos los días.
Y cuando la política se aleja de esa responsabilidad, el riesgo no es solo la pérdida de credibilidad. Es algo más profundo: la ruptura del vínculo entre la sociedad y quienes la representan.
Reconstruir esa confianza, una vez perdida, es mucho más difícil que cualquier explicación que hoy se decide evitar.



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