Cuando la mentira deja de sorprendernos

Hay algo que debería preocuparnos mucho más que una declaración falsa de un funcionario. Lo verdaderamente alarmante es el momento en que deja de sorprendernos.
Análisis29/05/2026NuevaHoraMagazineNuevaHoraMagazine

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¿Qué nos pasó como sociedad para escuchar a un dirigente contradecirse, ocultar información o decir algo que luego se demuestra falso, y simplemente seguir adelante? ¿En qué momento la indignación se volvió efímera y la mentira pasó a formar parte del paisaje cotidiano?

Durante años nos acostumbramos a convivir con promesas incumplidas, explicaciones ambiguas y relatos construidos para justificar decisiones políticas. Tanto que hoy, para muchos ciudadanos, la verdad ya no parece ser una exigencia básica. Apenas se espera una versión conveniente de los hechos.

Y allí aparece uno de los problemas más profundos de nuestra democracia.

Porque cuando una mentira sale a la luz, el debate ya no gira alrededor de la gravedad del hecho. La discusión se transforma rápidamente en otra cosa: si favorece o perjudica al dirigente que simpatizamos, si fortalece o debilita al espacio político que defendemos.

La verdad deja de ser un valor y se convierte en una herramienta de conveniencia.

Y cuando la verdad se vuelve negociable, la democracia comienza a deteriorarse.

La democracia necesita elecciones libres, instituciones fuertes y división de poderes. Pero también necesita algo mucho más simple y, a la vez, más frágil: confianza.

La confianza es el puente invisible que une a los ciudadanos con quienes los representan. Se construye lentamente y puede destruirse en cuestión de minutos.

Cada vez que un funcionario miente, ese puente se debilita.

Cada vez que alguien con responsabilidad pública oculta información, ese puente se resquebraja.

Y cada vez que quienes deberían controlar, preguntar o exigir explicaciones prefieren mirar hacia otro lado, el daño se multiplica.

Pero existe una instancia aún más preocupante.

Es cuando la sociedad deja de reaccionar.

Cuando ya no espera respuestas.

Cuando normaliza los abusos.

Cuando asume que todos mienten y que nada puede cambiar.

En ese punto, el problema deja de ser de los dirigentes y pasa a ser de todos.

No se trata de oficialismo ni oposición. No se trata de izquierda o derecha. No se trata de nombres propios.

Se trata de una pregunta mucho más básica: ¿la palabra pública tiene valor o no?

Porque si la palabra de quienes gobiernan deja de tener valor, también comienza a perder valor el vínculo entre representantes y ciudadanos.

La historia demuestra que siempre existieron dirigentes que mintieron. Ocurrió en todas las épocas y en todos los países. Eso no es nuevo.

La verdadera pregunta es otra.

¿Por qué dejamos de exigirles la verdad?

¿Por qué aceptamos explicaciones incompletas?

¿Por qué nos acostumbramos tan rápido?

Tal vez porque la resignación es más cómoda que la exigencia. Tal vez porque después de tantas decepciones dejamos de creer que reclamar sirve para algo.

Sin embargo, las democracias no se debilitan solamente por los abusos del poder.

También se debilitan cuando los ciudadanos se acostumbran a ellos.

Y quizás el día más peligroso para una sociedad no sea cuando descubre una mentira.

Quizás sea el día en que ya no le importa escucharla.

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