




De enemigos a devotos: la postal política en Luján que expuso más oportunismo que unidad
NuevaHoraMagazine
Lo que ocurrió ayer en la Basílica de Luján, en el marco de una actividad religiosa y política, difícilmente pueda pasar desapercibido.
Aunque, en la Argentina, ya casi nada sorprende.
Dirigentes de distintos espacios, muchos de ellos enfrentados públicamente, coincidieron en un mismo lugar con un objetivo común: rendir homenaje al Papa Francisco.
A simple vista, podría interpretarse como un gesto de respeto institucional.
Sin embargo, el contexto le da otro significado.
Entre los presentes hubo quienes, durante años, lo criticaron abiertamente.
Quienes lo señalaron como “populista”.
Quienes eligieron ignorar sus mensajes cuando hablaba de pobreza, desigualdad o exclusión.
E incluso, quienes lo utilizaron como blanco de cuestionamientos según la conveniencia del momento político.
Y sin embargo, ayer estaban ahí.
Juntos.
En silencio.
Con gestos que contrastan con sus propias declaraciones del pasado.
Más que una señal de unidad, la escena dio la impresión de una puesta en escena donde la coherencia quedó en segundo plano.
En la política argentina parece haberse naturalizado una lógica preocupante:
la posibilidad de sostener un discurso en un momento y otro completamente distinto después, sin que eso tenga consecuencias.
El homenaje en Luján dejó al descubierto esa dinámica.
Más que una reflexión profunda sobre el mensaje del Papa, lo que predominó fue una imagen cuidadosamente construida.
Una donde nadie quiere quedar afuera.
Donde lo importante no es tanto lo que se piensa, sino cómo se aparece frente a la opinión pública.
Mientras tanto, del otro lado, está la sociedad.
La que no puede modificar su discurso según el contexto.
La que no tiene margen para acomodar valores dependiendo de la ocasión.
La que atraviesa una crisis real, cotidiana, sin relatos ni escenografías.
Esa sociedad observa.
Y entiende que lo que vio difícilmente haya sido un gesto genuino.
Ni un homenaje profundo.
Sino una escena más de una política que, muchas veces, parece hablarse a sí misma.
Sin escuchar.
Sin revisar.
Sin mostrar autocrítica.
Porque el problema no es que los dirigentes se encuentren.
El problema es cuando lo hacen sin coherencia.
Y en ese contraste entre discurso y realidad, vuelve a aparecer una distancia que la política argentina todavía no logra resolver.


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