




Argentina y la fábrica de ídolos: por qué amamos, destruimos y volvemos a empezar
NuevaHoraMagazine
Pasó con futbolistas, boxeadores, artistas, políticos y figuras populares que alguna vez fueron vistos como héroes nacionales. La sociedad los pone en lo más alto, deposita en ellos sueños, orgullo y esperanza colectiva, pero cuando aparecen errores, contradicciones o simplemente derrotas, el amor puede transformarse rápidamente en rechazo.
La pregunta aparece inevitablemente:
¿Por qué como sociedad pasamos tan rápido de la idolatría a la decepción?
La sociología y la psicología social explican que los pueblos muchas veces proyectan en determinadas figuras sus propias frustraciones, necesidades y deseos colectivos. Cuando una sociedad atraviesa crisis económicas, decepciones políticas o incertidumbre permanente, suele buscar referentes que representen revancha, orgullo o salvación.
Ahí el ídolo deja de ser solamente una persona.
Se convierte en símbolo.
La necesidad de creer en alguien
El sociólogo Gino Germani sostenía que las sociedades modernas, especialmente en contextos de inestabilidad, tienden a depositar enormes expectativas en figuras populares o liderazgos fuertes.
En Argentina esto ocurre con una intensidad muy marcada.
Tal vez porque somos una sociedad profundamente emocional.
Tal vez porque vivimos históricamente atravesados por crisis recurrentes.
O quizás porque seguimos buscando algo que nos una colectivamente.
Por eso el éxito en Argentina rara vez es moderado:
es épico.
Y el fracaso tampoco suele ser racional:
muchas veces se transforma en condena pública.
Del pedestal al derrumbe
El psicólogo social Gustave Le Bon explicaba que las masas tienden a actuar más desde la emoción que desde el análisis racional.
Cuando una figura representa orgullo colectivo, se la idealiza.
Pero cuando aparecen errores o frustraciones, muchas veces ocurre el movimiento contrario:
la demolición simbólica.
La sociedad pasa rápidamente de:
“es el más grande”
a
“nunca fue tan bueno”.
Sin escalas.
“Argentina muchas veces no ama personas: ama símbolos. Y cuando el símbolo deja de representar esperanza, aparece el péndulo entre la idolatría y la destrucción.”
Y ahí aparece uno de los grandes problemas culturales:
la dificultad para convivir con los matices.
El caso Messi y la lógica argentina
Durante años, Lionel Messi fue cuestionado por sectores de la sociedad argentina. Se lo criticaba por no ganar títulos con la selección o por supuestamente “no sentir la camiseta”.
Sin embargo, tras conquistar la Copa Mundial de la FIFA 2022, pasó a convertirse prácticamente en una figura sagrada para gran parte del país.
La persona era exactamente la misma.
Lo que cambió fue el resultado colectivo.
Y eso quizás dice más de nosotros como sociedad que del propio futbolista.
Una sociedad emocional y pendular
Argentina es una sociedad apasionada, emocional y profundamente atravesada por símbolos.
Eso tiene aspectos positivos:
la pasión,
la creatividad,
la cercanía,
la capacidad de movilización colectiva.
Pero también genera fanatismos, extremos y una enorme dificultad para sostener miradas equilibradas en el tiempo.
Admiramos intensamente.
Nos decepcionamos intensamente.
Y volvemos a buscar otro salvador.
Mientras tanto, muchas veces olvidamos que ningún ser humano puede soportar eternamente el peso de representar las frustraciones, esperanzas y sueños de millones de personas.
Una reflexión necesaria
Quizás la verdadera madurez colectiva no pase por dejar de admirar.
Sino por aprender a hacerlo sin fanatismo.
Entender que alguien puede ser brillante y al mismo tiempo imperfecto.
Que una persona puede equivocarse sin que eso destruya completamente su valor.
Y que criticar no debería significar demoler.
Porque cuando una sociedad necesita héroes absolutos, inevitablemente también termina fabricando sus propias decepciones.




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