




Milei, los periodistas y una pregunta incómoda para la democracia
NuevaHoraMagazine
¿Desde cuándo preguntar se convirtió en un problema?
Un presidente puede estar en desacuerdo con un periodista. Puede cuestionar una noticia, denunciar información falsa e incluso confrontar públicamente con un medio.
Pero hay una línea que merece ser discutida: ¿qué sucede cuando la respuesta del poder deja de ser un argumento y se convierte en un insulto?
Los cuestionamientos no son nuevos. El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) documentó una serie de episodios de discurso estigmatizante protagonizados por Javier Milei contra periodistas. El 26 de octubre de 2026, la entidad difundió un informe que reúne catorce episodios registrados durante ese mes.
No estamos hablando de un intercambio entre dos ciudadanos en una red social. Estamos hablando de expresiones provenientes de quien ocupa la Presidencia de la Nación.
Y esa diferencia importa.
El problema no es que el presidente critique
Sería un error pensar que los periodistas están por encima de cualquier cuestionamiento.
No lo están.
Existen malas prácticas periodísticas, noticias equivocadas, intereses empresariales y operaciones informativas. Todo eso debe poder discutirse, investigarse y denunciarse cuando corresponda.
Pero una cosa es enfrentar una información con pruebas y otra es desacreditar personalmente a quien la publica.
El problema comienza cuando la descalificación reemplaza a la respuesta y la confrontación termina ocupando el lugar del debate.
Porque el periodismo puede incomodar. De hecho, muchas veces debe hacerlo.
Su trabajo no consiste en preguntarle al funcionario lo que quiere escuchar, sino aquello que la sociedad necesita saber.
¿Periodistas o enemigos?
Hay algo especialmente preocupante en una democracia: que las diferencias de opinión terminen transformándose en una división entre amigos y enemigos.
Cuando un periodista pregunta por una decisión económica, una contratación pública o una medida de gobierno, no necesariamente está atacando a quien gobierna.
Está ejerciendo su trabajo.
Y cuando una autoridad responde a esa pregunta mediante descalificaciones personales, aparece un riesgo que trasciende a los protagonistas de la discusión: que otros periodistas comiencen a preguntarse si vale la pena exponerse.
No hace falta que exista una prohibición formal para que aparezca la autocensura.
A veces, el temor a las consecuencias alcanza para que una pregunta nunca llegue a formularse.
"Porque el periodismo no tiene que ser enemigo del poder. Pero tampoco puede convertirse en su empleado."
Editorial de La Otra Mirada
¿Y en Tierra del Fuego qué pasa?
Sería demasiado cómodo mirar únicamente hacia la Casa Rosada.
En Tierra del Fuego también tenemos que preguntarnos cómo se relacionan los gobiernos con los medios de comunicación.
¿Todos reciben respuestas cuando solicitan información pública?
¿La publicidad oficial se distribuye con criterios transparentes?
¿Un periodista puede investigar y cuestionar a un funcionario sin preocuparse por posibles represalias?
Son preguntas que deben hacerse a cualquier gobierno, sin importar su pertenencia política.
Porque el poder no siempre necesita levantar la voz para condicionar al periodismo. También pueden existir presiones económicas, restricciones de acceso a la información o decisiones discrecionales que afecten la independencia de los medios.
Y frente a eso, el silencio tampoco debería ser una opción.
La democracia no termina cuando se cuentan los votos
En La Otra Mirada, por FM Austral 106.7, entendemos que el periodismo debe ser capaz de mirar críticamente a todos los gobiernos, incluso a aquellos con los que algunos periodistas puedan coincidir.
Defender la libertad de prensa no significa defender cada publicación ni cada conducta de un comunicador.
Significa algo mucho más importante: defender el derecho de la sociedad a conocer aquello que el poder hace en su nombre.
La autoridad de un presidente nace del voto popular. Pero ese respaldo no elimina la obligación de rendir cuentas, escuchar críticas y convivir con preguntas incómodas.
Una democracia necesita gobiernos que puedan explicar sus decisiones, medios que investiguen con responsabilidad y ciudadanos capaces de escuchar distintas voces.
Y entonces aparece la pregunta que realmente importa:
¿Qué clase de democracia queremos construir si comenzamos a aceptar que quienes gobiernan pueden transformar a quienes preguntan en enemigos?
Porque el día que nadie se anime a preguntar, el poder podrá hablar solo.
Y cuando el poder habla solo, quienes dejan de ser escuchados son los ciudadanos.


Editorial | La Otra Mirada – Nueva Hora Magazine
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