




El voto no se deja encuestar
Editorial | La Otra Mirada – Nueva Hora Magazine
Brasil volvió a demostrar que las encuestas no siempre anticipan lo que ocurre en las urnas. Pero detrás de los porcentajes hay una pregunta mucho más incómoda para la política: ¿los dirigentes realmente escuchan a la gente o solamente prestan atención a los números que les convienen?
NuevaHoraMagazine
La gente votó. Y los números no alcanzaron.
Durante días, la política brasileña miró encuestas, analizó porcentajes y discutió quién llevaba ventaja.
Hasta que llegó el momento de votar.
Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido presidente con el 51,79% de los votos válidos, frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro. Algunas de las últimas encuestas mostraban a Bolsonaro numéricamente por delante, aunque dentro del margen de error.
El resultado fue diferente de esa ventaja que sugerían los sondeos.
Y ahí aparece lo interesante.
¿Cuánto puede saber una encuesta sobre lo que realmente piensa una sociedad?
Porque una cosa es responder una pregunta frente a un encuestador. Otra, muy distinta, es entrar al cuarto oscuro y decidir.
¿Y si el problema no son las encuestas?
Tal vez estemos mirando la cuestión desde el lugar equivocado.
Las encuestas no son inútiles. Tampoco tienen la obligación de adivinar el futuro. Son herramientas estadísticas que intentan medir la opinión pública en un momento determinado.
El problema aparece cuando los dirigentes las transforman en verdades absolutas.
Cuando creen que un porcentaje representa un compromiso eterno.
Cuando confunden una tendencia con una victoria asegurada.
Y, sobre todo, cuando empiezan a prestar más atención a los números que a las personas.
Porque ningún gráfico muestra completamente la angustia de quien perdió su empleo, el cansancio de quien no llega a fin de mes o la decepción de quien siente que la política ya no lo representa.
La gente no vive dentro de una encuesta. Vive una realidad que muchas veces la política no alcanza a comprender.
El que no habla también vota
Hay algo que muchos dirigentes parecen olvidar.
No toda persona enojada sale a protestar.
No todo ciudadano decepcionado publica su bronca en las redes.
Y no todo aquel que permanece en silencio está conforme.
A veces, la gente simplemente observa.
Escucha promesas. Compara discursos. Recuerda lo que le dijeron y lo que finalmente hicieron.
Saca sus propias conclusiones.
Y un día vota.
Sin avisarle a nadie. Sin pedir permiso. Sin tener que justificar por qué cambió de opinión.
"El gran error de la política es creer que el ciudadano le pertenece. Ningún voto tiene dueño."
Editorial de La Otra Mirada
Tierra del Fuego: ¿escuchamos a la gente o solamente hablamos de ella?
Y acá es donde esta reflexión deja de ser una cuestión brasileña.
Porque en Río Grande, Tolhuin y Ushuaia también deberíamos hacernos algunas preguntas.
¿Cuántos dirigentes recorren los barrios para escuchar y no solamente para sacarse una fotografía?
¿Cuántos conocen las preocupaciones de los comerciantes, de los trabajadores, de los jóvenes que buscan oportunidades?
¿Cuántos se preguntan por qué hay ciudadanos que dejaron de participar en política?
Y una todavía más incómoda:
¿Cuántos creen que la gente está conforme simplemente porque no se queja delante de ellos?
No conocemos de antemano cómo responderá cada fueguino en una elección. Pero sí sabemos que las condiciones de vida, las expectativas y las experiencias personales forman parte de la relación entre los ciudadanos y sus representantes.
La política debería intentar comprender esa realidad todos los días.
No solamente cuando necesita votos.
Ganar no significa que la gente te pertenezca
Hay otra equivocación que atraviesa a buena parte de la dirigencia.
Creer que una victoria electoral convierte al ciudadano en propiedad de un partido.
No funciona así.
Alguien puede votar hoy a un candidato y mañana cuestionarlo.
Puede acompañar una propuesta económica y rechazar otra.
Puede confiar, decepcionarse, cambiar de opinión y volver a elegir.
Eso no es necesariamente una contradicción.
Es parte de vivir en democracia.
Un gobierno recibe un mandato para administrar y tomar decisiones. No recibe un cheque en blanco ni la garantía de que sus votantes estarán de acuerdo con todo lo que haga.
Y ningún partido debería confundirse: haber ganado una elección no significa haber comprendido para siempre a una sociedad.
La pregunta no es quién midió mal
Cuando una elección termina de manera distinta de lo que algunos esperaban, comienza una discusión casi automática.
¿Qué encuestadora acertó? ¿Cuál se equivocó? ¿Quién interpretó mejor los números?
Son preguntas legítimas.
Pero hay otra que merece mucha más atención:
¿Quién está escuchando realmente a la sociedad?
Desde La Otra Mirada, por FM Austral 106.7, creemos que la política necesita recuperar algo sencillo, pero cada vez más importante: la capacidad de escuchar sin creer que ya conoce todas las respuestas.
Escuchar al que acompaña.
Al que critica.
Al que está decepcionado.
Y también al que guarda silencio.
Porque detrás de cada voto hay algo que ninguna tabla puede explicar por completo: una persona, una historia, una necesidad y una expectativa.
Las encuestas pueden medir intenciones. Las urnas expresan decisiones. Pero ninguna reemplaza la obligación de escuchar a la gente.
Y que ningún dirigente se confunda:
El ciudadano no le debe fidelidad eterna a ningún político. Es la política la que debe responder permanentemente ante los ciudadanos.


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